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Disfrutamos o compartimos

¿Disfrutamos o compartimos?

Por Cristina Ruiz

 

La obsesión por volcar nuestra vida en las redes sociales está provocando una pérdida de capacidad de disfrutar del momento. Nos preocupa más dar a conocer públicamente nuestras experiencias que sentirlas y vivirlas. Corremos el riesgo de dejar de ser dueños de nuestras propias vidas gracias a nuestro móvil.

¿No será demasiado arriesgado que nos preocupe más compartir que disfrutar?

Esta cuestión merece una profunda reflexión si no queremos perder el control de nuestras emociones y perdernos los mejores momentos de nuestras vidas.

Hace unos días vimos una entrevista que un programa de televisión hizo a pie de calle a diversas personas sobre si lo que reflejaban en las redes sociales sobre si mismas coincidia con la realidad. Las respuestas resultaron de lo más clarificadoras y dejaron patente un masivo y contundente NO.

En la citada entrevista, le preguntaban a una joven si en alguna ocasión se lo había pasado tan bien que se le olvidó contarlo en Facebook. Ella, sorprendida, se daba cuenta de que estuvo en un concierto que disfruto tanto que no lo grabó para poder compartirlo.

La evidencia de que la parte de nuestras vidas que volcamos en las redes sociales es únicamente la parte más fácil, agradable y divertida es rotunda.

Nuestros mejores momentos son compartidos compulsivamente en las redes, haciéndo en muchos casos, que incluso dejemos de disfrutarlos, más preocupados en mostrarlos públicamente que de vivirlos. La típica frase de vivir el momento se ha convertido en compartir el momento. Deberíamos preguntarnos si estamos perdiendo la capacidad de expresar emociones a nivel personal, de tú a tú.

Foto de Miguel Morenatti extraída de su Twitter [Morenatti ‏@MiguelMorenatti]
Foto de Miguel Morenatti extraída de su Twitter [Morenatti ‏@MiguelMorenatti]
De esta manera, nuestra vida termina siendo un reflejo de la realidad, distorsionada por la imágen que tratamos de ofrecer de nosotros y nosotras en las redes sociales. Una idealización de la misma, donde sólo existen buenos momentos, risas, alegrias y bonitas fotos. El problema es que como todos sabemos, la vida contiene mucho más que eso, desgraciadamente, también está repleta de malos momentos.

Por otra parte, normalmente hay una relación inversamente proporcional entre el número de amigos que tenemos en redes sociales y el número de amigos reales. Queremos llegar a más gente, aunque sean desconocidos. ¿No deberíamos reflexionar en torno a este dato?

Nos estamos creando un entorno social ficticio y muchas veces superficial, en el cual solo impera la imágen que queremos construir de nosotros mismos. Y no es extraño que muchos y muchas menores de edad acaben cayendo en su propia trampa, con el riesgo de caer en una especie de negación de la realidad y su consecuente caída en la frustración. ¿Cómo no van hacerlo si incluso muchos adultos lo hacen?

Deberíamos pararnos a pensar en la conveniencia de vivir nuestra propia vida y no perdernos en la imágen que de ella construímos.

¿Os acordáis del primer día de clase tras las vacaciones? Revivíamos todo lo sucedido y éramos capaces de expresar solo con nuestra emoción y expresividad, las mil y una aventuras vivídas. Hoy en día hacen falta pruebas: fotos, vídeos…

¿Están haciendo las nuevas tecnologías que perdamos la imaginación?

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