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La importancia de la imagen en las redes sociales

La importancia de la imagen en las redes sociales

Por Angélica Cortés Fernández

Para esta semana contamos con la colaboración de Angélica, alma mater de “Planeta feminista.

A nadie le gusta salir mal en las fotos. A la hora de elegir una imagen para nuestro avatar para interactuar en las redes sociales, lo habitual es subir una imagen en la que salgamos especialmente bien, una en la que nos veamos y nos vean guapas y guapos.

Tampoco colgamos fotos por casa en donde no salgamos favorecidas; todas las personas pecamos de vanidad. Sin embargo, encontrarse con muros, páginas, espacios de cualquier plataforma virtual, ya sea en Facebook, Instagram, Twitter o Tuenti, plagados de selfies y de imágenes repetitivas de una misma o de nuestras amistades, en diferentes, y a veces anodinas múltiples poses, es además de muy habitual, una práctica verdaderamente llamativa, sobre todo, si ahondamos en el hecho de que las protagonistas de la mayor parte de estas fotos son chicas.

Por lo general, las redes sociales permiten concretar el deseo de querer aparentar lo que no se es ofreciendo así una imagen de la persona distorsionada en mayor o menor medida. Así, las fotos que se suben están muy cuidadas y muy pensadas, a veces incluso retocadas, y que de alguna manera pretenden guionizar una vida que no es la nuestra, sino la que pretendemos que sea; una vida paralela a la que sí estamos viviendo. Es algo así como una “segunda vida” (Second life), un metaverso o mundo virtual ficticio, donde dirigir y manipular a nuestro antojo a nuestro avatar, y al que exponemos solo en situaciones ideales, con la pretensión de, de alguna manera, cumplir con esos objetivos de mujeres y hombres perfectos que la sociedad nos impone y que no logramos llegar a alcanzar en la vida real. El resultado son unas redes sociales donde se extrapolan actitudes y comportamientos de nuestra vida que llaman la atención también desde el punto de vista de género, y que este artículo pretende poner de relieve.

Las redes sociales han venido a agudizar la presión de la imagen, especialmente en el ámbito de la juventud y de la adolescencia, y de una manera particularmente alarmante en las niñas y chicas jóvenes, de las cuáles, un gran número muestra fotos de sí misma o de sus amigas en diferentes poses, actitudes o situaciones, como si la red social en cuestión fuera el escaparate de un mercado donde la imagen es el elemento más cotizado y lo que es más preocupante, donde el producto a la venta resultan ser ellas mismas.

La raíz de este proceder hay que buscarla en la educación de género en la que a las mujeres se nos impone un rol vital determinado subordinado al de los hombres y que nos coloca en una situación de desventaja desde el mismo momento en que nacemos y que irremediablemente es proyectado también en las redes sociales. Así, la insistencia de muchas adolescentes en mostrar fotos de ellas mismas en poses muy orquestadas o coreografiadas, respondería, por un lado, a la asunción de la tiranía de la imagen, la de ser una mujer diez, la de gustar, ser aceptada meramente por el físico, y por el otro, la de jugar a ser el icono sexual, ese paradigma que nos persigue tanto en el arte, en el cine, en la música, en la publicidad y en la moda, en las revistas; esa idea de que para gustar, y ser aceptada en el grupo hay que ser perfecta y sobre todo, tonta, porque la inteligencia deja de tener valor; el cuerpo de las mujeres se cosifica y se pone al servicio del mundo masculino.

Sin embargo, no hay que olvidar que detrás de estos escaparates virtuales hay niñas, chicas, futuras mujeres que son reales y que parecen encontrar en esta manera de relacionarse virtualmente, la única vía para contactar con su yo real.

Una educación no sexista, no sesgada por el género en la que lo importante sean las personas y no el condicionante de su sexo sería la manera de evitar conductas como estas en las que las emociones, los sentimientos y a menudo la salud de las niñas y mujeres y lo que es más importante, su libertad, está en juego.

A su vez, se hace necesario abogar por una educación en igualdad que dote a la persona de recursos para desarrollarse y forjarse en un ser único que no persiga satisfacer un ideal, sino que se sienta libre para escribir su propia historia. Las mujeres, por educación de género, tendemos a querer satisfacer ese ideal de mujer impuesto que nos es filtrado por vena desde el momento en que nacemos y nos visten de rosa, aun sabiendo que nunca llegaremos a ser esas mujeres perfectas del calendario Pirelli, porque eso es simple y llanamente imposible, porque la mujer perfecta no existe, porque no somos una, somos millones de maneras de ser y ninguna debería estar por encima de las otras.

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